HaY quienes siempre llegan tarde, incluso a su propia vida. O demasiado pronto. Y deciden
aguardar. Y después de tanto esperar, se les va la existencia en ello. Es como si no fueran contemporáneos ni siquiera de si mismos. Se levantan unos días antes o después que amanezea y
nunca terminan de despertarse y de ponerse en pie en la fecha en que se encuentran
los demás. Si quedan para algo, no acaban de acudir a tiempo. Oyen hablar a los otros de festividades que no parecen las suyas, disfrutar con novedades que a ellos les resultan anodinas,
ven esperar a los demás algo que a ellos ya se les hace mortecino.
Y no por eso sienten estar en lo cierto, ni que todos estén equivocados. No es que se encuentren a buen recaudo en lugar alguno, ni que presuman de su clarividencia, es que simplemente
viven a destiempo. Es como si no coincidieran ni con lo que les pasa, ni con lo que son, aunque esto es discutible: quizá esta sea su verdad. Por eso se sorprenden de lo desaforadamente
que algunos se empeñan en estar al día, como si el día siempre fuera sólo hoy. O como
si hoy no fuera el nombre adecuado para todos y cada uno de los días.
Estos seres que viven como a contratiempo son algo intempestivos. Es como si no tuvieran
prisa, ni miedo, como si, a diferencia de los demás, no huyeran, como si presintieran
que lo transformador consistiera en afrontar esa no coincidencia. Y alumbraran otro tiempo. No es seguro que disfruten de este dislocamiento, ni que les resulte agradable tanto desacomodo. Un aire errante y nómada les hace deambular, no ya por el espacio, sino por el tiempo.
Miran como extrañados, extranjeros de sí mismos, y cuando llegan es como si no estuvieran
del todo. No es que resulten distantes, es que se mueven como ausentes.
No deja de ser atractiva esta desconsideración para con la frenética entrega general
a los tópicos y a las supuestas urgencias. Y, si escuchamos su decir, muchas veces
ofrecen luminosas e inclasificables posibilidades. No ha de considerarse que este vivir es propio de seres sin posibilidad de entrega o de compromiso, incapaces de darse o de recibir. Bien podría ser que sólo ellos labraran algún porvenir que no fuera la mera repetición del presente. Su momento propicio, su ocasión, no es simplemente andar deambulando tras las cosas o tras lo
que parecería más rentable o exitoso. En cierto modo, estos seres a destiempo tanto
resultan atractivos como enigmáticamente sospechosos. Situados al margen, sin embargo, es como si sólo ellos estuvieran en la cuestión. Si hablan, no dicen lo que todos, pero lo que dicen nos es más común que cualquier generalización. Encuentran el alcance adecuado de la mirada
como para no quedar ni cegados, ni desenfocados. Dilatan el tiempo y resultan tan serenos como un tiempo cuajado. Saben leer lo que pasa. Quizá, en mayor o menor medida, todos sentimos algunavez que lo que se agita a nuestro alrededor, y por lo visto ha de tenemos en vilo, no es para tanto. No es que carezca de importancia, ni nos haya de ser indiferente, pero tampoco parece adecuado que nos empeñemos en poner ahí todos los caudales de nuestra vida. En
ocasiones, eso tan decisivo se desvanece como una pompa de jabón. Y lo presentimos
tanto que el modo de liberarnos de esa presión es desplazar un poco el tiempo y mirar con esa distancia que sólo se alcanza dejando de lado el momento. No es que se ineremente
así el tiempo, es que prácticamente se borra. Y, entonces, todo lo vemos con otra distancia,
no la de un alejamiento, sino la de otra cercanía. No digo que sea la lucidez, pero esa mirada
acompaña a la inteligencia y la fructifica. A veces se dice que hay que actuar con celeridad y proliferan los discursos sobre que es urgente actuar, que la situación es crucial, que no hay tiempo que perder, que las medidas han de ser inmediatas, quirúrgicas, contundentes.
Y se dan casos en que efectivamente ha de ser así y en que es conveniente proceder.
Pero no sé si en tantos como se pregona, ni si precisamente en ellos. No es infrecuente que primen las alarmas y la precipitación, al socaire de interesados agoreros, o de profetas de inminentes catástrofes, ni lo es tampoco que efectivamente acabe ocurriendo lo anunciado, gracias precisamente a la interven- JOAnC ASAcSió n que supuestamente trataba
de evitar la desgracia pronosticada. Y no siempre tenemos ni clarividencia, ni serenidad,
ni paciencia, para valorar ajustadamente lo que sucede. Menos mal que existen seres que con su simple vivir ponen en cuestión tanto azoramiento. No es seguro que existan estos seres
que borran el tiempo. En ocasiones los presentimos en algunas actitudes, en ciertas conversaciones, en determinados viajes y, muy especialmente, cuando creemos extraviamos.
Pero entonces nos parecen tan poco reales que pensamos que quizá los estamos soñando. Son como aquello de nosotrosque, no sé si con razón o sin ella, no dejamos crecer. De hacerlo, no sé si el mundo avanzaría, ni hacia dónde, pero quizá mejoraría. O no...
fuente : ÁNGGEAL BILOrNeDctOor,d el a UniversidaAdu tónomade Madrid.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada